“¡Tranquilo, Juanca! Es común que tiemblen las rodillas la primera vez frente a un micrófono»”, me dijo Berto Massaccesi, en un rincón del escenario de tablones de madera, justo cuando comenzaba el acto de inauguración de la Plaza Independencia de Ceres. O, mejor dicho, de su reinauguración; porque la plaza existió desde siempre.
Un lugar con árboles añosos: palos borrachos, pinos, cipreses, ombúes, tipas, ibirapitás y, por supuesto, algunos paraísos que no podían faltar en un barrio que se llamaba “Paraíso florido”. Nuestro barrio. Nuestro paraíso.
Quizás ese lugar arbolado separado por anchas veredas de tierra apisonada siempre fue la Plaza Independencia, aunque para los vecinos esa era la plaza de los Medina. La que estaba la frente a la «Cochería y Funeraria Medina Hermanos». La plaza a la que íbamos a la salida de la escuela para correr en bicicleta, jugar a las escondidas, con las bolitas, al hoyo pelota, o probar puntería con la gomera. La plaza que cada domingo, bien vestidos y peinados con gomina, cruzábamos en diagonal hasta la iglesia del pueblo, para asistir a la misa del cura Tacca, nuestro profesor de Lógica.
Para reemplazar a aquella plaza anárquica, ese 9 de julio de 1966, día de la Independencia Argentina, se inauguraba una plaza moderna, con veredas bien diseñadas, donde aquellos grandes árboles fueron reemplazados por arbolitos todos iguales y escuálidos.
Con motivo de ese acontecimiento, dos semanas antes los profesores Hernán “Oso” Blanco, de Literatura y Asís “Turco” Nazer, de Matemáticas, me encomendaron leer un discurso en representación del “Ciclo”, nuestro Colegio Nacional. Por entonces era muy tímido y hablar en público significaba un problema, pero un pedido así se respetaba.
Mi prima ‘Nené’ me ayudó a redactar el discurso. Después lo ensayé varias veces frente a mi familia, aunque les pedí que no asistieran al acto; temía que verlos entre el público aumentara todavía más mis nervios.
En una foto que tomó el señor Calvo, ese día, en el estrado levantado al lado del monolito, veo a aquel adolescente de 16 años al que le temblaban las rodillas; a su lado, a Massaccesi, dueño de la propaladora, maestro de ceremonias oficiales, papá de mis amigas Puni y Cristina. Detrás de Berto se ven los perfiles de Don Alfredo Zain, nuestro profesor de dibujo y fundador de “Amigos del Arte” y de Dante Bertorello, Rector del Colegio y director del diario “La Verdad”. Del resto —todos hombres muy serios, de saco y corbata— distingo a mi derecha la mirada de don Alfredo Bertone, dirigente de la Unión Cívica Radical, panadero y papá de mi amigo “el Colorado”.
Si bien en los sesenta todavía no se acostumbraba a “sonreír para la foto”, el gesto adusto de los mayores se corresponde con sus oscuros presagios con respecto al futuro del país. Pocos días antes, el 28 de junio, un golpe militar acompañado por la dirigencia gremial, había derrocado a un presidente austero y honesto, el doctor Arturo Illía.
Aquel discurso que terminé diciendo con voz firme, parado con las piernas entreabiertas (como aconsejó Berto), estaba lleno de lugares comunes y, seguro, merecía el olvido. Pero rescato esa fotografía de hace sesenta años y, ahora sin temblores en las rodillas, me animo a compartirla con quienes celebrarán, este 9 de julio de 2026, la inauguración de la nueva y hermosa Plaza Independencia.
Juan Carlos Beltramino

