Vicente P. descendía del tren “Estrella del Norte” con la ligereza del que no echa raíces: apenas un poco de ropa amontonada en una mochila vieja y un gran portafolio de cuero marrón, que contenía varios libros con los márgenes de sus páginas repletos de comentarios escritos con letra apretada; fichas sobre plantas de nombres exóticos; un lápiz Faber N°2 y un block de hojas en blanco, para dibujar en ellas la cara de cualquier mortal que se cruzase en su camino. En realidad, todo tipo de papel servía para que el Botánico, delineara con trazos veloces los perfiles de las personas.
Raulito Bianco se regocijaba cuando Vicente demostraba su arte delante de los amigos del barrio. Aunque en una ocasión, durante un día de fiesta, el chico temió por la integridad del tío dibujante.
Para los habitantes del pueblo, hacía años que a Vicente P. le había caducado la ciudadanía ceresina y lo apodaban “El Porteño”; sin embargo a él le emocionaba regresar a su pago; caminar por las diagonales anchas de Ceres; pisar las veredas de su escuela, la “Fiscal 413”, y participar de los festejos de la Virgen del Carmen.
Cada mes de julio, Vicente aprovechaba la fiesta en honor a la patrona, para visitar a los únicos amigos de la infancia que le quedaban: “El Toto” Viviani, empleado de correo y “El jorobado” Marne, relojero anarquista.
Los compañeros, luego de elogiarle un retrato del maestro Vito Oroño realizado hacía tiempo, propusieron al “Porteño”, que durante esa Fiesta del Pueblo de 1959, dibujara a beneficio de la cooperadora escolar.
…El 16 de julio de ese año, día de la Virgen del Carmen, en la pequeña plaza triangular frente a la vieja Iglesia; en un lugar próximo a la calle por donde correrían caballos montados por gauchos tratando de enganchar un anillo; en un sector enfrentado al “palo enjabonado”, por el que treparían muchachitos hasta alcanzar los treinta pesos prendidos en la punta; justo al lado del círculo de casitas, donde se apostaba en cuál de ellas iba a entrar un cuis: ahí, en un mínimo puesto, estaba sentado el tío Vicente.
Contento, con un pequeño tablero sobre las rodillas; una resma de papel blanco encima de una mesita plegable; al lado de un pequeño banco destinado a aquellos que, inmóviles, posarían ante el artista. Previo pago de un billete colorado, por cada caricatura.
Los que se sentaron en el banquito fueron todos hombres: criollos de ojos achinados, narices anchas, con bocas generosas debajo de bigotes finitos y, gringos grandotes, de caras coloradas, narices importantes, ojos saltones y manos con dedos como chorizos.
Gente llegada de chacras y tambos vecinos, con pilchas domingueras: sombreros negros; pañuelos floreados en el cuello; bombachas anchas, ajustada con una faja dónde se enganchaba en el dorso, un gran facón con mango de plata y por delante, un pequeño cuchillo “verijero”. Y, en lugar del cinto, una rastra con monedas. Peones de campo, la mayoría calzando alpargatas nuevas o, lustradas botas de cuero, los menos.
Antes de sentar a los modelos, alguien debió explicarle a esa gente que el estilo del “Porteño”, no tenía que ver con los cuadros realistas de don Alfredo Zain, el pintor egipcio que hacía años vivía en Ceres. Menos aún, con los retratos en blanco y negro o coloreados a mano, exhibidos en las vidrieras de Foto Calvo.
Esos mozos sencillos, no estaban al tanto que la caricatura es un retrato humorístico, donde se deforman en exceso los rasgos de una persona. Que lo de Vicente P., era poner una lupa sobre lo que distinguía a cada uno y recargarlo. Exagerarlo demasiado.
En voz baja, el padre de Bianco había hablado sobre la conveniencia de “aligerar” algunos rostros. Pero el artista, no atendió el consejo. El tío se sintió un Florencio Molina Campos, dibujando para los célebres almanaques de Alpargatas.
Los campesinos posaron quietos y serios. Cada tanto, fruncían el entrecejo y apretaban los dientes, cuando se desataba un estruendo entre los mirones que seguían los trazos del dibujante. A veces el volumen de las risotadas interfería con el juego de apuestas vecino y el cuy, asustado, corría en círculos sin decidirse por entrar en alguna de las casitas numeradas.
El Botánico, sólo llegó a dibujar una docena de caricaturas. Nadie lo felicitó. No fue profeta en su tierra. ¡Con tanto cuchillo a mano, el desenlace pudo ser peor! Ayudó a evitar reacciones violentas que esos hombres, capaces de voltear a un toro con una trompada, estaban sobrios. Lo de las caricaturas, sucedió temprano y ninguno se había machado. La venta de bebidas comenzaba a la tardecita, luego de concluida la competencia más esperada, la “Carrera de la sortija”. Recién cuando alguno de los jinetes, parado sobre los estribos, con un palito en la mano de su brazo extendido enganchaba la argolla que pendía de un arco a tres metros de altura; finalizaban los juegos. Y se iniciaba el consumo de ginebras, sangrías, cervezas.
Entrada la noche, en el momento en el que “Chiquín” Ricca, un pintoresco personaje, con el pucho de su cigarrillo “Colmena”, encendía los últimos fuegos artificiales; el dibujante y su sobrino, emprendieron el regreso. Caminando sin apuros, por veredas oscuras y desparejas, el tío —dolido por la incomprensión—, repetía en voz baja: —Fueron mis mejores caricaturas…
Juan Carlos Beltramino

