La ceresina Sofía Guterman: a 25 años del atentado a la AMIA «Recordando a Andrea»

25 años después del atentado a la AMIA, la mujer que sigue contando en las escuelas aquel horror para que su hija «no muera del todo»

Andrea Guterman tenía 28 años. Su madre da charlas para mantener viva su memoria y la de los otros 84 muertos en el atentado.    

Es una mañana soleada de julio,
el ruido de la gente anima la ciudad.
Mi hija sale apresurada de su casa
porque esperanzada, trabajo va a buscar.
Llega a su destino como muchos otros,
esperando ansiosa poderse anotar.
Afuera el sol brilla, sopla fría brisa,
deseos e ilusiones la animaban ya.
De pronto…¡Dios bendito! el mundo estalla,
destrozos, llantos, gritos, se oyen por doquier.
La AMIA ya no existe, sólo quedan escombros,
pedazos de personas que soñaban ayer.
El sol alumbra sangre.
El silencio ahoga gritos.
Miedo, tragedia, llanto, sacude la ciudad.
Mi hija…¿Qué pasó con ella?

Andrea Judith Guterman era maestra jardinera y tenía 28 años.A las 9.53 del 18 de julio de 1994 estaba en la Bolsa de Trabajo de la AMIA. La bomba la mató junto a otras 84 personas. Siete días después de la explosión, la brigada de rescate israelí encontró su cuerpo entre los escombros. A Sofía Guterman (78), su mamá, la llamaron desde la morgue para avisarle. “Nada volvió a ser como antes. Se me destiñeron los colores”, reconoce 25 años después desde el living de su casa.

Andrea Judith Guterman era maestra jardinera y tenía 28 años. / Martín Bonetto

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Lloró, gritó, se enojó, reclamó, marchó, se deprimió, pero al final logró levantarse. Contar lo que pasó, hablar del atentado terrorista contra la mutual judía que golpeó a la sociedad argentina en su conjunto y humanizar a sus víctimas fue el camino que halló para seguir adelante.Primero lo hizo a través de la escritura- con poemas, cuentos y relatos sobre lo sucedido- y después dando charlas en escuelas, tarea a la que sigue abocada un cuarto de siglo más tarde. “Siento que mi misión es transmitir a las nuevas generaciones lo que ocurrió para que no se olvide. Esa es la única forma de que mi hija y las otras víctimas no mueran del todo”, sostiene.

Las pesadillas de Andrea 

“Mamá, soñé que me querían matar”. Tres meses antes del atentado Andrea habló por primera vez de sus pesadillas. Sofía las asoció con el gusto de su hija por las películas de suspenso. Seguramente, le estarían jugando una mala pasada que ya iba a superar, pensó. Pero las quejas siguieron. “El día anterior a la bomba era la final del mundial de fútbol y Andrea vino a ver el partido con su novio, con el que se iba a casar a fines de ese año. No la vi bien y le pregunté qué le pasaba”, dice Sofía

– Anoche volví a soñar lo mismo, mamá.

– ¿Qué cara tenían?

– No tenían cara.

– ¿Con qué te venían a matar?

– No tenían nada en las manos, había piedras.

“Andrea se había quedado sin trabajo. Por eso, al día siguiente pensaba ir a dejar su CV a un jardín de infantes en Tucumán y Callao. Y de ahí a la Bolsa de Trabajo de AMIA. Nunca había entrado a la mutual y prefería que la acompañara. Pero esa mañana yo no podía”, relata Sofía con un portarretratos entre las manos de su hija sonriente, cumpliendo sus eternos 28. “Me dijo que no me preocupara, que no estaba segura de pasar por ahí, que capaz iba directo para avenida Corrientes a comprar regalos por el día del amigo”, suma.

Esa noche Sofía no durmió: “Me dolía mucho el pecho, me había quedado mal con lo de las pesadillas. Ni bien aclaró, llamé a lo de Andrea, quería decirle que no fuera, que esperara e íbamos juntas. Ya había salido”.

Sofía Guterman es mamá de Andrea, una de las 85 víctimas del atentado a la AMIA. / Martín Bonetto

Sofía Guterman es mamá de Andrea, una de las 85 víctimas del atentado a la AMIA. / Martín Bonetto

Notitas entre Sofía y su hija

“Durante seis meses seguí yendo todos los días al departamento de Andrea, que quedaba por el Parque Centenario. Su novio había vuelto a lo de los papás, no soportaba estar ahí”, cuenta Sofía. “Yo abría las ventanas y cuando las cortinas se movían por el viento sentía que la vida regresaba a esa casa y que iba a escuchar la llave en la cerradura”, agrega.

Especial por los 25 años de la AMIA

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En ese tiempo, Sofía empezó a dejar notitas para Andrea, que después ella misma se respondía. “Era mi forma de hablarle. Además, iba a cuidar un rosal que mi hija había rescatado. Necesitaba que viviera”, recuerda. Eso fue hasta que su marido Alberto dijo basta: “No me dejó ir más. Según él, me estaba haciendo mal”.

"Cuando la Justicia está ensangrentada no es Justicia, es corrupción", dijo Sofía Guterman, en el acto por el 22° aniversario del atentado. / Archivo

«Cuando la Justicia está ensangrentada no es Justicia, es corrupción», dijo Sofía Guterman, en el acto por el 22° aniversario del atentado. / Archivo

Quiebre y click

“Continué con los mensajes para Andrea y empecé terapia. A la psicóloga de AMIA le llevaba lo que escribía, ella me dio la idea de hacer un libro”, señala Sofía.

Casi en simultáneo con la impresión de Más allá de la bomba, la primera de sus cinco publicaciones, Sofía comenzó a participar de un grupo de familiares. “Verlos, escucharlos y sentir su dolor me hizo conectar con el mío. Ahí me reconocí como víctima y se me vino el mundo abajo”, asegura.

Pero el mismo día en el que pensó que lo único que quedaba era meterse en la cama, taparse y no salir más, se encontró con una vieja conocida que le contó que tenía cáncer y que estaba muy grave. “Yo quiero vivir y me estoy muriendo y vos, que podés vivir, te querés morir”, le dijo.

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Andrea Judith Guterman era maestra jardinera, esperaba en la Bolsa de Trabajo de la AMIA.

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Sofía sigue agradeciendo esas palabras: “No sé cómo, pero me levanté. A la semana estaba tocando el timbre de una escuela que quedaba cerca de Plaza Lavalle. Me acuerdo que me presenté, pedí hablar con los chicos y accedieron. Nunca más paré”.

Las charlas, un rato con los 85

Familiares de las victimas, dolor y tristeza en un homenaje a las víctimas. / Cecilia Profetico

Familiares de las victimas, dolor y tristeza en un homenaje a las víctimas. / Cecilia Profetico

Sofía es docente y se formó en psicología y pedagogía. Hasta el año pasado, cuando decidió jubilarse, intercalaba las charlas en colegios con las clases a alumnos particulares, a los que preparaba en Matemática, Lengua y Biología. El aula para ella siempre fue un lugar cómodo. Sin embargo, nunca se le había cruzado la idea de pararse frente a los chicos para hablar de la vida de personas que ya no están, del dolor de una pérdida irreparable, del terrorismo, la impunidad y de la necesidad de tener memoria y justicia. Nunca hasta AMIA.

En los encuentros resalta detalles de los fallecidos. “Hablo del perfume preferido de uno de ellos, de la comida elegida por otro. Muestro fotos, les cuento cómo estaban conformadas sus familias, quiénes los esperaban para cenar, qué hacían en su tiempo libre, con qué soñaban”, dice Sofía. Y destaca que la intención es “generar empatía, acercar a los 85, humanizarlos”. En ese camino, mezcla los relatos con poesías que forman parte de Poemas del corazón al cielo, otro de sus libros del que surge el fragmento con el que comienza este texto.

“Después dejo que me hagan preguntas. En ese momento, muchos lloran. Aunque yo no busco eso”, explica Sofía, que parece hablar con los ojos. Su mirada brilla cuando recuerda a Andrea viva y se apaga con su ausencia.

Recorrió el país y parte de Uruguay con sus charlas. “Al principio me recibían solo en las escuelas judías. Pero yo quería llegar a todos. Entonces les empecé a pedir a los chicos que llevaran a amigos que no fueran de la colectividad. Al tiempo, se me empezaron a abrir otras puertas, hice una siembra enorme”, asegura Sofía, que compartió jornadas junto a alumnos de los últimos años de la primaria, estudiantes secundarios, jóvenes universitarios. Habló en institutos de formación profesional y centros culturales, adaptando el relato a su público.

Homenaje en un aniversario del atentado terrorista a la AMIA acto en la sede de la AMIA en Pasteur 633. / Archivo

Homenaje en un aniversario del atentado terrorista a la AMIA acto en la sede de la AMIA en Pasteur 633. / Archivo

Tucumán y el nene más alto del aula 

“¿Anécdotas? Tengo miles. No me olvido más de un chico que conocí en una escuelita de Tucumán”, cuenta. “Me tocó ir para un 25 de octubre, el día del cumpleaños de Andrea. Estaba especialmente sensible y decidí compartir lo que me pasaba con los alumnos. Al final de la charla, un estudiante, el más alto del curso, arrancó un pedazo de papel de su cuaderno, lo dobló varias veces y me lo entregó. ‘Léalo cuando yo ya no esté, que escribo mal’, me pidió”, agrega Sofía.

Especial por los 25 años de la AMIA

Especial por los 25 años de la AMIA

La nota decía:

“Yo no sabía lo que había pasado porque en mi casa no hay televisión. Cuando venga otra vez quiero que nos visite para probar las empanadas que hace mi mamá. Gracias por enseñarme a convertir el odio en amor”.

Piel de gallina. Eso le generó ese día y ahora, al revivirlo.

Sofía junto a otros familiares de las víctimas del atentado de la AMIA en Buenos Aires. / Archivo

Sofía junto a otros familiares de las víctimas del atentado de la AMIA en Buenos Aires. / Archivo

“Despertar algo así en un chico que no tenía idea del atentado es sentir que puede haber un cambio a partir de mi relato”, expresa. “Estas charlas son mi forma de sobrevida desde que Andrea no está. Voy a seguir trabajando por la memoria hasta el final. Espero irme de este mundo con la tranquilidad de saber que se hizo justicia”, cierra.

Especial por los 25 años de la AMIA

Especial por los 25 años de la AMIA. Clarin.com

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